El arte de lo terrible – I

Necronomicón de Howard Phillips Lovecraft y otros autores

Iniciando una secuencia de artículos dedicados al trabajo de Lovecraft y otros autores de idéntica tendencia misteriosa.

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Grimorio de grimorios

Fue por el año 1922 cuando Howard Phillips Lovecraft hizo mención del Necronomicón por vez primera. En aquel sorprendente relato se refería el caso de que, eones atrás, antiquísimos “dioses” de tendencia S.T.S. -[ service to self ]- habían conquistado nuestro universo circundante hasta ser posteriormente vencidos y sometidos por otra especie de “deidades” advenedizas, tras lo que los batidos terminaron desterrados a sectores alejados de nuestro tejido espacio temporal, más allá del manto estelar que alcanza a percibir la visión de cualquier hombre.

Semejantes proclamas causaron suma consternación en los lectores de una u otra tendencia; por un lado, los seguidores de las tesis de S.T. Joshi asumían que el arcano texto original en que se basaba la obra de Lovecraft no fue escrito jamás, mientras que los más devotos simpatizantes de aquel título… -en muchos casos, más versados en temática ocultista- …sostenían que lo que Lovecraft narraba estaba basado en el pasado histórico real de nuestro mundo y nuestro enclave terrestre, hasta llegar a afirmar que el Necronomicón más prístino alcanzaba la categoría de ‘el grimorio de todos los grimorios’; en otras palabras: ‘El libro de los nombres muertos’.

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Libro de los hombres muertos

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Leyendas de otras mitologías previas

La aparición de aquel enigmático texto dio lugar a la ya famosa saga de los ‘Mitos de Cthulhu‘; un compendio de crónicas misteriosas que postulaban una cosmogonía bien distinta a casi todo lo oficialmente aceptado hasta la fecha; una teogonía plagada de cultos a entidades “divinas” tan monstruosas como execrables, a quienes un resto de seres inferiores sirvieron, adoraron y temieron. El Necronomicón publicado por Lovecraft no fue más que el primero de una secuencia de títulos que abordaron con cada vez más detalle la temática.

En un texto publicado en 1938 por Wilson H. Shepherd en The Rebel Press, Oakman (Alabama), H.P. Lovecraft alegaba que el Necronomicón original había sido publicado en el Yemen de la dinastía Omeya del año 700, tras haber sido transcrito por un supuesto poeta de la villa de Sana’a, sita en aquellos parajes; un personaje de nombre Abdul al-Hazred. Tras haber hollado las ruinas de Babilonia, los subterráneos ocultos de Menfis y haber padecido durante diez larguísimos años el insoportable aislamiento de los desiertos de el Rub al Khali… -también llamado ‘espacio vacío’, al sur de la península arábiga- …así como el de Dahna… -‘desierto escarlata’- …al-Hazred habría concluido sus días en la ciudad de Damasco en donde compilaría el escrito primero del que se hacía eco Lovecraft, siglos más tarde.

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Sana’a, Yemen

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Surcando el ‘espacio vacío’ del desierto de Rub al-Khali

En semejante vorágine de calvario, deambulando anacoreta por aquel desierto temible, al-Hazred habría presenciado toda suerte de fenómenos inenarrables que pasó a describir con gran detalle en las páginas de su ópera única. Y en aquel contexto remoto no era tan de extrañar su semblanza en tanto que las gentes de aquellos parajes afirmaban que tamaño arenal insondable era escenario de múltiples eventos de incomprensible factura y que en tales lares se daban toda clase de fenómenos extraños siempre sobrenaturales a la noción de cualquier testigo mínimamente cuerdo, sano o sensato; se afirmaba que ambos enclaves baldíos estaban poblados por espíritus atroces, custodios de la maldad misma y operaban a sus anchas amparados por el más fértil catálogo de andriagos contrahechos y monstruosos, cohabitantes de aquel reino de desdicha, paladines de la muerte y del terror más profundo y aciago.

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A través del ‘espacio vacío’ del desierto de Rub al-Khali

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Ruinas de ciudadelas del pasado más mítico

Ya una vez en Damasco, tras haber sobrevivido a aquella impía odisea, Abdul al-Hazred habría sido pasto de inquietantes rumores durante sus últimos días, hasta el punto de alegarse que su “biógrafo oficial”… -el sí sabido Ibn-Khalikan, jurista y cronista del siglo XII- …en su día aludiría que, finalmente al-Hazred fue prendido y posteriormente engullido por una criatura no humana invisible a los ojos de la multitud cercana, numerosa y aterrada que fueron testigos de aquel suceso acaecido a plena luz, en mitad de uno de aquellos exuberantes mercados arábigos siempre repletos de algarabía y gentío.

Antes de tan dramático fin, las gentes de entonces sostenían que al-Hazred declaraba en su locura haber avistado los muros y enclaves de la mítica ciudadela de Irem, la ‘ciudad de los pilares’; además de haber hollado bajo los suelos ruinosos de otra villa emblemática del pasado más mítico, en donde le fue revelada la historia olvidada y oculta de una especie mucho más añeja que la humana, otrora primigenios moradores de esta Tierra. De ahí que, lejos de seguir el patrón del dogma de los musulmanes, al-Hazred profesaba veneración plena por ignotas entidades con nombres tan impronunciables como ‘Yog-Sothoth’ o ‘Cthulhu’.

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Bosquejos de un Cthulhu iracundo…

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Demonios soterrados en la noche de un desierto temido

Lovecraft sostuvo que el compendio de al-Hazred se tituló originalmente ‘el Azif‘; un vocablo que venía a significar algo así como ‘el zumbido nocturno de los insectos’; aunque igualmente se entendía que semejante metáfora en realidad hacía alusión al eco de los difuntos dispersos por tan espantosas áreas yermas; en suma: Los demonios soterrados de la noche que devenían en auténticos protagonistas de aquel cuento, leyenda o… quién sabe si finalmente crónica verosímil.

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…y un Cthulhu alado.

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Maldición de traductores y lectores

Siguiendo con la exposición de Lovecraft, ‘el Azif‘ habría sido transcrito al griego en el 950 por un tal Theodorus Philetas, quien fue el que rebautizó a la obra como ‘Necronomicón’; en griego explícito: ‘Relativo a las leyes de los muertos’. A esas alturas numerosos ejemplares habrían sido propiedad celosa y secreta de filósofos y eruditos coetáneos. Pero a lo largo del siglo siguiente el libro habría sido considerado proscrito y condenado a la hoguera por el ‘patriarca Miguel’ tras haberse acumulado una notable sucesión de eventos de trágica hechura relacionados directa o indirectamente con la consulta de sus páginas o la mera manipulación del legajo.

Hasta no bien llegado el año 1228 no se volvió a oír más de él, cuando el anticuario danés Olaus Wormius (de quien sí se tienen datos certeros) optó por traducirlo al latín llegando a hacerse impreso en el siglo XV… -en letras negras- …y más tarde, también en el XVII. La paradoja es que, la versión de Lovecraft ubicaba al tal Wormius casi dos siglos antes de la fecha en que, oficialmente se inscribe la vida de aquel supuesto médico aficionado a las antigüedades y a los textos arcanos.

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Ole Worm – Olaus Wormius

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El peso de un conocimiento trágico

El traductor danés aquel, por cierto, habría sufrido todo tipo de calamidades y episodios oníricos más que inquietantes inscritos en mundos demoníacos insufribles que le tocó atestiguar tras sus lecturas detalladas; de tal modo terminó por refugiarse en la fe católica tratando de paliar los efectos aberrantes del contacto con el texto, a pesar de lo cual los abominables sueños continuaron noche tras noche, optando finalmente por interrumpir su transcripción al latín. Sin embargo deviniendo del todo consciente de la incuestionable relevancia y la poderosa gnosis que aquellos relatos contenían… -y ya con más resignación y entereza- …culminó su traducción más adelante, asumiendo sin remilgos la verosimilitud de aquel mensaje horroroso.

A posteriori se alega que ambas versiones del Necronomicón -en griego y latín- fueron de nuevo condenadas y prohibidas por el pontífice Gregorio IX en 1232. A la vez, a la original en árabe se le pierde la pista en la misma época de los trabajos de Wormius.

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En busca de copias privadas

Sin salirse del ‘contexto Lovecraft’ también se hace alusión a una copia más tardía y secreta hallada a inicios de la pasada centuria en San Francisco, (CA, US); ésta se habría volatilizado poco después a consecuencia del incendio de aquella ciudad, en 1906. De cualquier forma, no quedaría ninguna pista de la versión griega de Philetas. A la vez de que se habla de otra versión en latín que habría pasado por las manos del famoso alquimista y cortesano de la reina Isabel I de Inglaterra: El matemático, astrónomo-astrólogo, ocultista y marino John Dee; igualmente precursor de los ahora llamados ‘agentes de inteligencia’.

De tales textos latinos aún cabría hablar de uno más, sito en el British Museum de Londres, así como de otro datado en el siglo XVIII y depositado en la Bibliothèque Nationale de París.

A los citados se ha de añadir un nuevo escrito de la misma época guardado en la Biblioteca Widener, en Harvard, así como otro supuestamente alojado en la ficticia Universidad Miskatonic, en el igualmente inexistente pueblo de Arkham de Massachusetts… -ambos enclaves utópicos, siempre ateniéndonos a la narrativa de las novelas de Lovecraft-.

A estos legados cabría añadir el que, también supuestamente, Jorge Luis Borges habría catalogado con su correspondiente ficha en la Universidad de Buenos Aires; otra dudosa anécdota de la que quizás habrá que hablar más adelante.

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John Dee

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Incunables en el poder de aristócratas

Al tiempo de esto cabría pensar que se darían muchos otros volúmenes bien celosamente velados en anaqueles de colecciones privadas; casi siempre pertenecientes a multimillonarios o personajes aventajados de sociedades secretas, masónicas o de índole meramente ocultista; como en el caso del que se aludió estar en manos de la familia Pickman, de Salem, Massachusetts, US; aunque se apunta que este ejemplar habría sido extraviado tras las huellas del artista R.U. Pickman, alrededor del año 1926.

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Cosmogonías inéditas

Desde 1921 hasta el 1935 perduró el período de terror cósmico literario del estadounidense Howard Phillips Lovecraft; más tarde otros escribas de su círculo fueron los que añadieron textos nuevos a esta saga conformando el apogeo de la tradición anglosajona de narraciones de terror, ciencia ficción y fantasías oníricas. En algunos casos, superando con creces la capacidad de infusión de terror del autor original mediante cada vez más potentes narrativas en las que el pánico se paladea de manera aún más profunda al tiempo de disfrutarse una inédita belleza en la construcción de lingüísticas, sintaxis, gramáticas y léxicos.

En esta gesta el pánico deviene en un terror realista a la vez de fantástico; con personajes monstruosos casi casi indescriptibles y del todo insólitos hasta la fecha pues tamaño casting de pavores orgánicos se venían escondiendo en los lares más remotos y olvidados del planeta o alejados de su tiempo y de su espacio.

Ciertamente impelido por el estilo de Arthur Machen y Lord Dunsany, estas leyendas de Lovecraft y sus seguidores más próximos se adentran en el prisma y la noción de que, tras la cotidiana apariencia del paisaje terrestre más plácido mora una realidad dramática, increíble y terrorífica que, sin apenas notarse, amenaza a la especie humana desde los vericuetos más insospechados del entorno, camuflada entre tinieblas y brumas o incipiente en geometrías superpuestas a nuestra perspectiva euclidiana; un escenario del todo insospechado que termina por inundar de demencia a los que sienten la curiosidad malsana de adentrarse en los perímetros primeros de semejante densidad de percepción alternativa, a priori totalmente inapreciable. Los antiguos chamanes, iatromantes, nigromantes, visionarios y aguerridos psiconautas sabían bien acerca de esto.

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Edward Plunkett, 18th baron Dunsany – Arthur Machen

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Círculo Lovecraft

El resto de autores que se sumaron a añadir capítulos a aquella inquietante trama respetaron los fundamentos básicos que en su día trazó el propio Lovecraft en primerísima instancia. Unos supuestos en que se daba por hecho que, eones atrás, nuestros suelos fueron propiedad de otras especies y organismos de inimaginable aspecto y magnitud, los que, debido a haber abusado de las artes de conjuros y hechizos de toda índole terminaron perdiendo sus tesoros, territorios y conquistas hasta devenir proscritos y deportados alejados de sus reinos; y aun con todo, tales huestes reposan a la fecha en la distancia aguardando la conjugación astrológica idónea para retornar a sus perdidos terrenos originarios y adueñarse nuevamente de sus lindes.

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Y una gran raza

Una de esas especies de vida singularmente despierta y muy previas a los humanos se amotinó contra sus padrastos creadores; ellos no disponían de fisonomía concreta sino que deambulaban ocupando los múltiples organismos de otras formas semovientes a fin de lograr desplazarse en el tiempo rozando una inmortalidad trágica de supervivencia caótica. En cada ocasión que el peligro acechaba insalvable transmutaban a otros tejidos de espacio y de tiempo independiente y separado para hacerse con los cuerpos de cualquier organismo que satisfaciera sus requisitos concretos. Y así ocurrió que, una vez siendo vencidos, avanzaron en el tiempo ocupando la carcasa de unas formas coleópteras que, entendían, algún día heredarían el fruto y el dominio de esta Tierra.

Las deidades originarias entablaron a su tiempo otra guerra con una tipología de “dioses” de las estrellas de caracter arquetípico, provenientes del área de Betelgeuse. A estos efectos la suerte de la humanidad no implicaba relevancia remota alguna para cualquiera de las huestes de entidades que se citan; no más de la que para nosotros pudiera suponer el destino de un hemíptero o una pulga.

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Insurrección y contienda

Aquella revolución la lideró ‘Azathoth’, finiquitando tras una denostada contienda con el triunfo sobre las deidades que se sabían primigenias desde hacía innumerables eones. De todas aquellas criaturas horribles, Cthulhu destacaba en su predio, por lo que fue finalmente recluido en el mundo de los hombres, neutralizado en su fuerza vital bruta en la urbe sumergida de R’lyeh, quizás localizable en un enclave próximo a las costas de Pónape, en las Ínsulas Carolinas; donde se hallaban los ingentes restos del reino de Nan Madol; cartografía maléfica rumbo hacia un temor sagrado.

Ante el caos inconsciente de la voluntad del gran líder, Azathoth, quien había sido privado de inteligencia e intento hasta adquirir la inercia de una masa bárbara ávida por engullir consciencias, hasta Cthulhu adquiría matices de nobleza pavorosa consistente; pues en todo aquel abismo de abyección sin sentido, él al menos memorizaba su causa; un privilegio reservado a duras penas para engendros distinguidos.

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Busto de Howard Phillips Lovecraft ‘I am Providence’

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-[ Digital artworks by Digital Imagine TV ]-

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